O Porriño cambia su banco de alimentos por una tarjeta: un paso a medias
«Non queremos colas de pobreza». Con esa frase presentaba el alcalde de O Porriño (Pontevedra), Alejandro Lorenzo, una de las medidas estrella de su presupuesto municipal para 2026: la «tarxeta familia», una tarjeta monedero que sustituirá al banco de alimentos municipal. En lugar de recoger un lote de productos previamente decidido por otros, las familias con menos recursos podrán entrar en un supermercado y hacer la compra como cualquier vecino.
La medida, anunciada a finales de agosto, se aprobará en un pleno extraordinario a principios de septiembre dentro del mayor presupuesto de la historia del Concello: 26,8 millones de euros. Y merece que la miremos con atención, porque acierta en el diagnóstico… y se queda a mitad de camino en la solución.
Lo que O Porriño hace bien
Hay que decirlo con claridad: el diagnóstico del alcalde es correcto. El modelo tradicional de banco de alimentos, con todo el mérito de sus voluntarios, arrastra problemas que en Comunitaria llevamos años señalando:
- El estigma de la cola. Hacer fila en un local municipal para recoger una caja de comida señala públicamente a quien lo hace. Muchas familias que necesitan la ayuda no la piden por vergüenza — y las que la piden, pagan un precio emocional que nadie contabiliza.
- La falta de elección. Un lote cerrado no distingue alergias, dietas, culturas ni preferencias. La familia recibe lo que hay, no lo que necesita.
- La escasez de frescos. Los lotes se componen sobre todo de alimentos no perecederos. La fruta, la verdura, la carne o el pescado — la base de una dieta digna — rara vez llegan en cantidad suficiente.
Durante la pandemia, el programa municipal SOS Porriño llegó a atender a unas 350 familias, con repartos puntuales para 430. Que un ayuntamiento reconozca que ese modelo tiene un coste en dignidad y decida cambiarlo es una buena noticia.
Lo que la tarjeta no resuelve
Ahora bien: la «tarxeta familia» servirá, según lo anunciado, para comprar en supermercados. Y ahí la solución repite el defecto estructural de todas las tarjetas monedero que hemos analizado, del caso andaluz al de tantos municipios: el dinero público destinado a combatir la pobreza del barrio sale del barrio en el mismo momento en que se gasta.
Cuando la ayuda solo se puede canjear en grandes superficies, la frutería de la esquina, la carnicería del mercado y el ultramarinos de toda la vida quedan fuera. El euro público paga la compra de la familia — eso está bien — pero su recorrido termina en la caja de una cadena cuya sede, proveedores y beneficios están en otra parte. El comercio de proximidad, que es precisamente el tejido que mantiene vivos los barrios y pueblos con menos recursos, no ve ni un céntimo.
La paradoja es conocida: la misma administración que subvenciona bonos de consumo para «dinamizar el comercio local» canaliza después su ayuda alimentaria hacia las grandes cadenas. Dos políticas públicas que reman en direcciones opuestas.
Dignidad, frescos y barrio: los tres a la vez
En Comunitaria defendemos que no hay que elegir entre dignidad y economía local. La moneda social ILLA resuelve las tres carencias del banco de alimentos que O Porriño identifica — y también la que su tarjeta deja sin tocar:
- Sin colas ni estigma: la ayuda se carga directamente en el móvil de la familia, que compra como cualquier vecino. Nadie hace fila, nadie es señalado.
- Libertad de elección y alimentos frescos: la familia decide qué compra, empezando por la fruta, la verdura y el producto fresco del mercado de siempre — no solo lo que quepa en el lineal de una gran superficie.
- El dinero se queda en el barrio: los comercios locales adheridos cobran en moneda social y la canjean por euros. Cada ayuda alimenta dos veces: a la familia que compra y al tendero que vende. Es el comercio de proximidad como herramienta contra la inseguridad alimentaria.
- Sin licitaciones ni plásticos: cualquier comercio puede sumarse sin coste y un programa se activa en días. Un ayuntamiento del tamaño de O Porriño podría tener funcionando un sistema así antes de que se imprima la primera tarjeta.
Y hay un beneficio añadido para el propio Concello: trazabilidad. Con una moneda social, el ayuntamiento sabe que cada euro se ha gastado en alimentación y puede medir en tiempo real cuánta ayuda ha recirculado por el comercio del municipio. Con una tarjeta de supermercado, esa información se queda en manos de la cadena.
Una puerta abierta
O Porriño ha dado un paso valiente al reconocer que las colas de pobreza no son aceptables en 2026. Sería una pena que ese impulso se quedara en trasladar el gasto público del almacén municipal al hipermercado. La pregunta que dejamos encima de la mesa — la misma del caso andaluz — es sencilla: si el objetivo es que las familias coman mejor y que el municipio no se apague, ¿por qué no hacer que la ayuda se gaste en los comercios del propio pueblo?
Esa conversación está abierta. Y experiencias como la de Los Pajaritos (Sevilla) demuestran que las monedas sociales que fomentan las economías locales no son teoría: funcionan hoy, con tecnología sencilla y sin burocracia añadida.
Fuentes: La Voz de Galicia (24/8/2026) y La Razón (25/8/2026). Los datos corresponden a la información publicada por estos medios en las fechas indicadas.